Desfachatez, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Con el paso del tiempo, nuestra democracia enseña cada vez con mayor descaro sus perfiles más sórdidos. Empezó a perder el carisma hace años. En la época de la fratricida UCD, se hablaba ya de “desencanto”. Más se perdió, después, por culpa del infecto pozo de los GAL y la corrupción socialista, con su Roldán y su culto al “pelotazo”. Completó la faena la falta de escrúpulos del PP, el cual, para hacerse con el poder, cabalgó sobre una ola periodística que llegó incluso a poner en riesgo la seguridad del Estado (Perote, héroe de portadas). Todas estas formas de desfachatez han envejecido a nuestra democracia, cuyos protagonistas actuales muestran orgullosos su rostro canalla o verbenero. Esta semana, sin ir más lejos, hemos tenido que aguantar dos tristes dentelladas a los valores democráticos básicos. Una de ellas protagonizada por el Parlament, que, desde el infausto plenario del 3%, no cesa de ofrecer espectáculos de baja estofa.
La moción contra las obras del AVE por el centro de Barcelona deja al Parlament desnudo. Los mismos que ponían el grito en el cielo porque sus resoluciones no eran aceptadas en Madrid, ahora votan sabiendo que en nada afectarán al Govern del que forman parte. Desnudo de toda honorabilidad. CiU coloca una trampa, ERC reconoce caer en ella y el PSC afirma no darse por enterado. De lo que no parece darse por enterada la clase política catalana es del cansancio que sus tejemanejes producen. ¿Hasta cuándo seguirán abusando de la paciencia de los ciudadanos? Catalunya está en un momento crucial de su historia. Desde el punto de vista estructural, Catalunya está en lento proceso de provincianización, pero ahí están nuestros diputados: jugando como niños.
La segunda dentellada la protagonizó el PP en Algeciras. Mientras Mariano Rajoy consideraba “ilógica” la enseñanza de las lenguas peninsulares en Andalucía, sus compañeros de partido acogieron la referencia a dichas lenguas con “risitas, miraditas y abucheos”. Lo recordaba ayer el historiador Francesc Fontbona en una carta a este diario. Al afirmar Rajoy que lo prioritario es estudiar “nuestro idioma y el inglés”, situaba de nuevo al catalán fuera de “lo nuestro” (y de lo útil). Ningún intelectual ni periodista español, de esos que se rasgan las vestiduras al menor signo de falta de exquisitez para con el castellano en Catalunya va a indignarse. No lo harán. Cuando discutimos de todas estas cosas usamos palabras altisonantes: ciudadanía, por ejemplo. Pero cada vez queda más claro, más obvio, que en la idea de ciudadanía dominante en España equivale a uniformidad, homogeneidad. En ella no cabe lo ajeno. Ni cabemos nosotros: los que no queremos renunciar ni a una lengua ni a otra. El ingrediente principal de toda democracia es el respeto a las minorías. Pero en España se juega a disparar contra ellas. Todavía no con descaro, pero ya con risitas, miraditas y abucheos.