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Churchill, el jugador y los obispos, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política, Religión by reggio on 4 Febrero, 2008

Cuando se está atravesando un infierno, conviene no detenerse. Lo recomendaba Churchill, con su habitual mezcla de retranca y lucidez (olorosa de whisky, naturalmente). Desconocemos a estas alturas si las llamas que han prendido en la economía mundial alcanzarán la dimensión de un metafórico infierno. Pero el impacto psicológico del incendio desatado es ya evidente. Se masca el pánico a pasar aceleradamente del tiempo de las burbujas doradas al de los cinturones apretados. La casualidad, siempre tan caprichosa, ha dispuesto que la campaña electoral tenga lugar en tal angustiosa expectación.

Es fácil imaginar cómo habríamos encarado este trimestre electoral si las perspectivas económicas no estuvieran amenazadas por el azufre trágico. Pero el miedo al infierno económico lo ha transmutado todo. Tirios y troyanos se dirigen al campo de batalla como si la pasada legislatura no hubiera existido. Los temas que mayor tinta han suscitado en estos últimos años parecen completamente agotados. De la ficción sobre el 11-M nadie se acuerda. Son material de derribo las tremendas abolladuras que la confección del Estatut ha dejado en todos los vehículos políticos. Y la negociación con ETA ya sólo parece preocupar al tremendista obispo portavoz de la Conferencia Episcopal. Los temas clásicos del enfrentamiento PP-PSOE están más que respirados: ETA puede dar, ciertamente, más de una fúnebre sorpresa, pero todo el mundo da por supuesto (desde el excitado Sarkozy hasta el elector español menos atento, pasando por el inescrutable Rubalcaba) que más sorpresas van a recibir los inexpertos y resabiados terroristas encuadrados a toda prisa en las células asesinas.

Tampoco puede dar más rendimiento electoral el cultivo de la flor negra del anticatalanismo, tan sobreexplotada. Ni la exprimida fruta roja de la irritación catalana, en cuya capacidad de movilización no confían ni los independentistas. Estos cultivos ideológicos sólo apetecen a los adictos: la cosa se ha liado tanto que, a estas alturas, es difícil saber, como en la historia del huevo y la gallina, qué parte de la culpa en el enfrentamiento sentimental entre Catalunyay España corresponde a las frivolidades de la política catalana y qué parte corresponde a la tendencia del españolismo a explotar la tradición del prejuicio anticatalán, del que ya Quevedo dejó constancia. Muy distinto sería preguntar, sin prejuicios de partida, si España está pidiendo a Catalunya que acepte sin rechistar la provincianización económica. Pero esta pregunta sólo puede hacerse en situación de cierto sosiego, no en campaña electoral.

En fin, que por desgaste de los viejos temas y por el incendio que se ha desatado en la economía global, la campaña se presenta más igualada y reñida de lo esperado. El infierno de la economía enseña su azufre y las bolsas bajan enloquecidas. Acompañado del flamante espadachín Manuel Pizarro (Sarkozy de Teruel y temible tiburón de las finanzas), Rajoy recorre los caminos de España predicando el fin de los buenos tiempos. “¡Por culpa de Zapatero se acaban los años de vino y rosas!”. Y el presidente Zapatero, en lugar de atravesar este infierno a toda prisa, como recomendaba Churchill, se detiene asustado. Y se saca una extravagancia de la chistera presidencial: “Si venzo, os regalo 400 euros”.

La promesa provoca un formidable revuelo. “Compra de votos”, “retorno del caciquismo”, “infantilización del votante”, “perversión de la socialdemocracia”, RAÚL se afirma y no sólo desde las huestes de la derecha. Más fríos, algunos observadores se limitan a explicar el objetivo publicitario de la extravagancia: distraer al personal del efecto Pizarro: “A la manera de Dalí, se trata de que no se hable más de Pizarro, sino de Zapatero, aunque sea mal”. Pero al margen de lo que opinasen Dalí o Churchill, al votante raso no se le escapa que la medida, buena o mala, expresa fundamentalmente nerviosismo. “Zapatero está aterrorizado y sale por peteneras”. Los 400 euros son el gesto que delata al jugador de póquer. Si, al estudiar las cartas, el jugador hurga en la oreja o se mesa los cabellos, todo el mundo deduce que su baraja es mala.

Deteniéndose en el infierno de una crisis económica apenas esbozada, practicando la extravagancia y revelando la fragilidad de sus nervios, Zapatero no está precisamente suscitando confianza. Y si se pone nervioso tan fácilmente, ¿aguantará el rumbo de España cuando el incendio económico arrecie? Dándole vueltas a esta pregunta estaba el personal que tiene que ir a votar en marzo, cuando unos piadosos personajes han entrado en el infierno para salvar a Zapatero de sus dudas. Son los obispos, encabezados por un jesuita que parece sufrir de úlcera. Obispos dispuestos a centrar el debate electoral, no en las propuestas del Benedicto XVI (que no se defienden en la arena política), sino en la nostalgia del nacionalcatolicismo. Y ahí está de nuevo Zapatero, sonriente. Encantado de que unos piadosos publicistas (a quienes, por cierto, no paga) sitúen la campaña lejos de la economía, en el más fácil de los escenarios ideológicos: el del viejo anticlericalismo. Un escenario que permite despreocuparse por completo de la fatigosa necesidad de argumentar.

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