
Que Gaspar Llamazares, en su primera comparecencia pública electoral con pretensiones de apertura de campaña en Asturias, acuse a Gabino de Lorenzo de ser “el típico alcalde de extrema derecha”, y que como corresponde, lo haga acompañado por su candidata al Congreso por Asturias, Laura González, el coordinador general de su coalición de coaliciones, Jesús Iglesias, y la alcaldesa de Castrillón, Ángela Ballina, es una altisonante boutade, con la que el médico riojano pretendía lograr un titular de prensa, y puede decirse que no lo consiguió, dado que lo único que recogen los medios en gruesa tipografía, de su presencia en Santa María del Mar, paisaje de su infancia, es esa declaración que a todo el mundo deja perplejo, en la que asegura que ilegalizar ANV y el PCTV “es un error”, porque
supone “volar puentes”. ¡Hay que ver qué perdido anda este personaje!
Para titulares los que logró el propio Gabino de Lorenzo, que está redefiniendo su estrategia de medios, con una cuidada apertura hacia las agencias de prensa y al diario El Comercio, que ha empezado a recibir sus ya famosas declaraciones por escrito, en lo que se está transformando en un nuevo esquema, que tiene en cuenta el papel que juegan las agencias en las actualizaciones digitales de Internet, radios y televisiones, así como la cobertura territorial del diario gijonés, que por mucho que La Nueva España haya abierto brecha en la Villa de Jovellanos, sigue teniendo el control del mayor nicho electoral del Principado.
El viernes 26 de enero ha sido toda una demostración, con la ya famosa nota en “amestáu”, distribuida a las agencias desde el “centro de inteligencia” de la plaza de la Constitución de Oviedo, en la que arreaba una ronda de capones al presidente del PP, mientras éste viajaba rumbo a Benia de Onís, convertido en invitado apaleado en una peculiar casa de huéspedes, en la que te homenajean mientras te cascan, en lo que fue incomparable encerrona y monumental celada, propia de un viejo zorro de la política que las devuelve con saña, siempre fiel a la máxima que asegura que un número uno debe matar al contrario entre sonrisas, buenas viandas, y en medio de un grato ambiente de franca camaradería, al mejor estilo de la estirpe de los Borgia.
Ovidio Sánchez, que viajaba acompañado de su fiel escudero Fernando Goñi, no podía ni imaginar que los fotógrafos que se disponían a realizar su labor con los invitados al refectorio gabiniano, tenían el dedo nervioso sobre el obturador, perplejos ante la llamada de sus correspondientes redacciones, que les pedían un especial celo hacia las sonrisas de los protagonistas de la “semeya”, pues iban a encontrar unas sonrisas muy especiales, la de Sánchez, con evidente cara de circunstancias y la perplejidad del acuchillado, y la incomparable mueca del alcalde de Oviedo, consciente de estar enseñando a todos los asturianos, su capacidad de manejo de instrumentos cortantes y punzantes, al deslizar sobre la barriga del presidente de los conservadores asturianos el frío y afilado corte de la navaja, mientras le invitaba a comer unos “digestivos espárragos”, a los que siguieron, cómo no, unos callos, un menú por sí mismo suficientemente expresivo de la marca albaceteña del contencioso que allí se estaba solventando. Lo de los callos, por supuesto, no era ninguna alusión a la combinación de porcinos despojos y vacunas vísceras, de las que se extrae esta humilde materia prima para una de las cumbres gastronómicas basadas en la humilde vaca y el sufrido cerdo.
Mi amigo Antón Sevilla, un fenómeno donde los haya, que se inventó con notable éxito las razas menores de la nueva cuadra autóctona asturiana -manantial del que surgirá la nueva gastronomía virtual del Principado-, jugó un notable papel en la recuperación
del asturcón, perdido en la historia, desde los tiempos de Antioco III, rey de Siria -el propio Nerón llegó a tener uno-, decidió un buen día, que había que darle un impulso a la rica y variada diversidad de las especies de la quintana, con la “cabra bermeya”, la “pita pinta”, la “oveya xalda” y, cómo no, el “gochu celta”, especies ya felizmente “recuperadas”, que avanzan seguras hacia el protagonismo de la nueva cocina que se impondrá en las asturias lorenzanas, con el asesoramiento de Luis Gómez, Alberto Mortera, y Xosé Suárez Arias-Cachero, la tríada de “rogelios” que de Lorenzo contrapone a los “pata negra” de su círculo, Agustín Iglesias Caunedo, Jaime Reinares e Isabel Pérez-Espinosa, con los que el candidato de la derechona asturiana sigue el camino hacia la creación del grupo asturiano de la “boina”, ahora que esta imagen ruralista en el PP cantábrico, ha quedado vacante, tras la liquidación del clan popular gallego de Francisco Cacharro.
¿Eran de “casina”, de “carreñana”, de “gochu celta” o de vaca vieja danesa y cerdo de importación, los callos hábilmente guisados y “amestaos” para la foto de la “Paz de Benia”, que precedió a la “Cumbre de Benia”, que siguió al “Pacto del Muro”? Estas abstrusas cuestiones deberán ir aclarándose en los próximos días, pues no son en absoluto baladíes, porque el coitus interruptus de Llamazares, con su frustrado titular con el que pretendía polemizar con De Lorenzo por su radicalismo de “extrema derecha”, demuestra, además de la total desubicación de este médico retirado antes de empezar a ejercer, que la política asturiana avanza por sus derroteros naturales, con la recuperación para la derecha de la dialéctica de lo autóctono, los valores de lo local, la “llingua” convertida en “amestáu”, un invento de Xuan Xosé Sánchez Vicente, atávico enemigo de Suárez Arias-Cachero, que un buen día decidió que el bable podía convertirse en instrumento político, si se le quitaba hierro lingüístico al “académicu” creado por Xosé Lluis García Arias, convertido en una especie de vino rebajado con “casera”, que podía ser aceptado, e incluso celebrado, por la ciudadanía asturiana, en la dilatada tradición de los “monologuistes”, dado el fracaso de la primera hornada de políticos filólogos, que creyeron que el escaño podía sustituir con éxito la monotonía de lluvia tras los cristales de las clases de “llingua”.
A Llamazares y a su díscolo capellán Francisco Javier García Valledor,
que nunca se atrevió a dar el paso para rebautizarse como Xicu Xabel, les corresponde el dudoso honor de haber establecido que esta dialéctica de lo astur, que viene ya de los tiempos de Graciano García en Asturias Semanal y su Conceyu Bable, “ye de izquierdes”, y ese invento le va a venir muy bien a Gabino de Lorenzo, debidamente asesorado por Arias-Cachero, que va a tomar prestado “esi capital políticu” fabricado por la turba “llamazariega”, para conseguir el éxito que nunca consiguieron los “de izquierdes”, “tracamundiándolu pa facelu que nun seya nin d’izquierdes nin de dreches”, con lo que Asturias “asoleyará un nueu mundu ideolóxicu xoséantonianu”, para el que todo está preparado y en el punto justo, como los callos de Benia con los que Gabino obesequió a Sánchez. El “Pacto del Muro” tiene otro componente adicional que se escapará a los menos avisados, Humberto Gonzali, actual muñidor de muchos de los designios políticos de Pilar Fernández Pardo, también trabaja este nicho ecológico de la política asturiana.
Queda por ver la cara que se le quedará al único, inimitable, inmarcesible y maleducado Fernando Lastra, cuando Javier Fernández escrute su mirada desde el silente centro de inteligencia de la FSA-PSOE, convertido en una auténtica reserva de sectarismo y aislamiento social, desde donde intentarán desactivar esta bomba gabiniana, por el camino escogido en su día para Francisco Cacharro, que será sin duda la judicialización del “Pacto de Benia”. Después de la brillante operación Javier Sopeña, con los quintales de “cuchu” que les cayeron encima a cuenta de Regino Canteli y su célebre mp3, están bastante desconcertados. Veremos.
