Reggio’s Weblog

La Cumbre de Benia, que sigue al Pacto del Muro, inaugura la nueva política del Clan de la Boina, de Juan Vega en su Weblog

Posted in Asturias, Política by reggio on 26 enero, 2008

Que Gaspar Llamazares, en su primera comparecencia pública electoral con pretensiones de apertura de campaña en Asturias, acuse a Gabino de Lorenzo de ser “el típico alcalde de extrema derecha”, y que como corresponde, lo haga acompañado por su candidata al Congreso por Asturias, Laura González, el coordinador general de su coalición de coaliciones, Jesús Iglesias, y la alcaldesa de Castrillón, Ángela Ballina, es una altisonante boutade, con la que el médico riojano pretendía lograr un titular de prensa, y puede decirse que no lo consiguió, dado que lo único que recogen los medios en gruesa tipografía, de su presencia en Santa María del Mar, paisaje de su infancia, es esa declaración que a todo el mundo deja perplejo, en la que asegura que ilegalizar ANV y el PCTV “es un error”, porque supone “volar puentes”. ¡Hay que ver qué perdido anda este personaje!

Para titulares los que logró el propio Gabino de Lorenzo, que está redefiniendo su estrategia de medios, con una cuidada apertura hacia las agencias de prensa y al diario El Comercio, que ha empezado a recibir sus ya famosas declaraciones por escrito, en lo que se está transformando en un nuevo esquema, que tiene en cuenta el papel que juegan las agencias en las actualizaciones digitales de Internet, radios y televisiones, así como la cobertura territorial del diario gijonés, que por mucho que La Nueva España haya abierto brecha en la Villa de Jovellanos, sigue teniendo el control del mayor nicho electoral del Principado.

El viernes 26 de enero ha sido toda una demostración, con la ya famosa nota en “amestáu”, distribuida a las agencias desde el “centro de inteligencia” de la plaza de la Constitución de Oviedo, en la que arreaba una ronda de capones al presidente del PP, mientras éste viajaba rumbo a Benia de Onís, convertido en invitado apaleado en una peculiar casa de huéspedes, en la que te homenajean mientras te cascan, en lo que fue incomparable encerrona y monumental celada, propia de un viejo zorro de la política que las devuelve con saña, siempre fiel a la máxima que asegura que un número uno debe matar al contrario entre sonrisas, buenas viandas, y en medio de un grato ambiente de franca camaradería, al mejor estilo de la estirpe de los Borgia.

Ovidio Sánchez, que viajaba acompañado de su fiel escudero Fernando Goñi, no podía ni imaginar que los fotógrafos que se disponían a realizar su labor con los invitados al refectorio gabiniano, tenían el dedo nervioso sobre el obturador, perplejos ante la llamada de sus correspondientes redacciones, que les pedían un especial celo hacia las sonrisas de los protagonistas de la “semeya”, pues iban a encontrar unas sonrisas muy especiales, la de Sánchez, con evidente cara de circunstancias y la perplejidad del acuchillado, y la incomparable mueca del alcalde de Oviedo, consciente de estar enseñando a todos los asturianos, su capacidad de manejo de instrumentos cortantes y punzantes, al deslizar sobre la barriga del presidente de los conservadores asturianos el frío y afilado corte de la navaja, mientras le invitaba a comer unos “digestivos espárragos”,  a los que siguieron, cómo no, unos callos, un menú por sí mismo suficientemente expresivo de la marca albaceteña del contencioso que allí se estaba solventando. Lo de los callos, por supuesto, no era ninguna alusión a la combinación de porcinos despojos y vacunas vísceras, de las que se extrae esta humilde materia prima para una de las cumbres gastronómicas basadas en la humilde vaca y el sufrido cerdo.

Mi amigo Antón Sevilla, un fenómeno donde los haya, que se inventó con notable éxito las razas menores de la nueva cuadra autóctona asturiana -manantial del que surgirá la nueva gastronomía virtual del Principado-, jugó un notable papel en la recuperación del asturcón, perdido en la historia, desde los tiempos de Antioco III, rey de Siria -el propio Nerón llegó a tener uno-, decidió un buen día, que había que darle un impulso a la rica y variada diversidad de las especies de la quintana, con la “cabra bermeya”, la “pita pinta”, la “oveya xalda” y, cómo no, el “gochu celta”, especies ya felizmente “recuperadas”, que avanzan seguras hacia el protagonismo de la nueva cocina que se impondrá en las asturias lorenzanas, con el asesoramiento de Luis Gómez, Alberto Mortera, y Xosé Suárez Arias-Cachero, la tríada de “rogelios” que de Lorenzo contrapone a los “pata negra” de su círculo, Agustín Iglesias Caunedo, Jaime Reinares e Isabel Pérez-Espinosa, con los que el candidato de la derechona asturiana sigue el camino hacia la creación del grupo asturiano de la “boina”, ahora que esta imagen ruralista en el PP cantábrico, ha quedado vacante, tras la liquidación del clan popular gallego de Francisco Cacharro.

¿Eran de “casina”, de “carreñana”, de “gochu celta” o de vaca vieja danesa y cerdo de importación, los callos hábilmente guisados y “amestaos” para la foto de la “Paz de Benia”, que precedió a la “Cumbre de Benia”, que siguió al “Pacto del Muro”? Estas abstrusas cuestiones deberán ir aclarándose en los próximos días, pues no son en absoluto baladíes, porque el coitus interruptus de Llamazares, con su frustrado titular con el que pretendía polemizar con De Lorenzo por su radicalismo de “extrema derecha”, demuestra, además de la total desubicación de este médico retirado antes de empezar a ejercer, que la política asturiana avanza por sus derroteros naturales, con la recuperación para la derecha de la dialéctica de lo autóctono, los valores de lo local, la “llingua” convertida en “amestáu”, un invento de Xuan Xosé Sánchez Vicente, atávico enemigo de Suárez Arias-Cachero, que un buen día decidió que el bable podía convertirse en instrumento político, si se le quitaba hierro lingüístico al “académicu” creado por Xosé Lluis García Arias, convertido en una especie de vino rebajado con “casera”, que podía ser aceptado, e incluso celebrado, por la ciudadanía asturiana, en la dilatada tradición de los “monologuistes”, dado el fracaso de la primera hornada de políticos filólogos, que creyeron que el escaño podía sustituir con éxito la monotonía de lluvia tras los cristales de las clases de “llingua”.

A Llamazares y a su díscolo capellán Francisco Javier García Valledor, que nunca se atrevió a dar el paso para rebautizarse como Xicu Xabel, les corresponde el dudoso honor de haber establecido que esta dialéctica de lo astur, que viene ya de los tiempos de Graciano García en Asturias Semanal y su Conceyu Bable, “ye de izquierdes”, y ese invento le va a venir muy bien a Gabino de Lorenzo, debidamente asesorado por Arias-Cachero, que va a tomar prestado “esi capital políticu” fabricado por la turba “llamazariega”, para conseguir el éxito que nunca consiguieron los “de izquierdes”, “tracamundiándolu pa facelu que nun seya nin d’izquierdes nin de dreches”, con lo que Asturias “asoleyará un nueu mundu ideolóxicu xoséantonianu”, para el que todo está preparado y en el punto justo, como los callos de Benia con los que Gabino obesequió a Sánchez. El “Pacto del Muro” tiene otro componente adicional que se escapará a los menos avisados, Humberto Gonzali, actual muñidor de muchos de los designios políticos de Pilar Fernández Pardo, también trabaja este nicho ecológico de la política asturiana.

Queda por ver la cara que se le quedará al único, inimitable, inmarcesible y maleducado Fernando Lastra, cuando Javier Fernández escrute su mirada desde el silente centro de inteligencia de la FSA-PSOE, convertido en una auténtica reserva de sectarismo y aislamiento social, desde donde intentarán desactivar esta bomba gabiniana, por el camino escogido en su día para Francisco Cacharro, que será sin duda la judicialización del “Pacto de Benia”. Después de la brillante operación Javier Sopeña, con los quintales de “cuchu” que les cayeron encima a cuenta de Regino Canteli y su célebre mp3, están bastante desconcertados. Veremos.

Tagged with:

La osadía de decir que no, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in General by reggio on 26 enero, 2008
SABATINAS INTEMPESTIVAS

Entre las películas que no he vuelto a ver nunca más y que te han quedado fijas, como grabadas en el cerebro, tanto que las podrías recuperar plano a plano en tu ya frágil memoria, hay una que forma parte de nuestra educación escasamente sentimental. Se titulaba La soledad del corredor de fondo y debió de llegar a España ya muy avanzados los sesenta. Estaba basada en un relato de un autor entonces influyente, Alan Sillitoe. La dirigió Tony Richardson, y el inolvidable protagonista no era otro que el gran actor de teatro Tom Courtenay, a quien acompañaba el no menos grande y veterano Michael Redgrave. Todos británicos, de la generación denominada de los jóvenes airados,de la que creo que sólo sobrevivió, como airado, Harold Pinter. El filme narraba una historia en torno a un reformatorio donde un muchacho especialmente dotado para la resistencia y el atletismo lograba competir en un maratón y sobrepasar a todos sus contrincantes, chicos de familias asentadas y gozosas del deporte.

Pero en el momento de cruzar la meta, y a mucha distancia de sus competidores, se quedaba quieto, y para escándalo de profesores, amigos y enemigos, dejaba que le ganaran. Vencer sin recoger ni disfrutar de los laureles de la victoria. Ese gesto insólito constituía la mayor provocación, inimaginable para todos; decir que no, rechazar en su persona lo que ansiaban los demás y él se había ganado. No era ni vanidad, ni orgullo, ni prepotencia, sino la respuesta más brutal a la norma; romper la escala de valores que consiente a unos otorgar medallas y a otros matarse por conquistarlas. Echar abajo la convención según la cual unos se han hecho merecedores, con su esfuerzo, del derecho a recibir los premios que otorgan quienes jamás podrían ganar nada que no fuera comprándolo.

Recordé esta historia al leer las necrológicas sobre el genial ajedrecista Bobby Fischer. Un tipo único por su inteligencia, del que aseguraban que alcanzaba un coeficiente intelectual superior al de Einstein, cosa que a mí siempre me dejó muy frío, porque la verdad sea dicha, fuera del campo del ajedrez, Fischer era un analfabeto funcional que había dejado la escuela elemental y cuyos conocimientos generales de la vida, de la cultura, de la civilización, los había aprendido no sin mucho esfuerzo y ya de adulto.

En una sociedad donde la gente se lo pasa pipa jugando con una PlayStation o donde el deporte ha devenido religión, con sus dioses, sus teólogos, sus templos y sus fieles fundamentalistas, en esa sociedad decir que el ajedrez es un mundo especialísimo que trasciende en mucho cualquier concepción del juego resulta casi una simpleza. Pero bastaría el coeficiente de inteligencia de Fischer sumado a su biografía para dar un giro espectacular a la apreciación del personaje y de su talento. Judío y antisionista en una familia nada convencional, anticomunista furibundo formado en un entorno de militantes prosoviéticos, apasionado amante sin demasiado interés en conservar las conquistas. Hay una foto de Fischer a los 14 años, durante una partida en Manhattan, que conmueve: un adulto concentrado y más allá del bien y del mal que está mordiéndose las uñas. Nada es humano en ese retrato, nada está aquí, ni el tablero, ni el muchacho del flequillo, ni las piezas en posición de ataque, nada. Lo único cercano y terreno son las uñas que se mordisquea.

Cuando uno es excepcionalmente bueno en algo y se convierte en una estrella de verdad, contemplada con admiración perpleja por millones de ciudadanos, eso no puede ser ajeno al poder. Pero es que además Fischer era excepcional en aquello que constituía el punto débil de la competición social durante la guerra fría. La primacía ruso-soviética en el ajedrez parecía indiscutible, y he aquí que un hombre como Fischer, que tenía el tablero como único lenguaje y abecedario de su vida, se convierte en peón, o en alfil, da lo mismo, de una partida en la que todos juegan a matar. Ahora sabemos lo que les ocurría a los ajedrecistas soviéticos cuando perdían, y de verdad que su riesgo sólo era comparable a los jugadores de la ruleta rusa; no morían en el empeño, pero quedaban malheridos y desterrados de todo cuanto habían disfrutado hasta aquel momento. En Fischer había mucho del sueño americano, elevado a la máxima potencia de su individualismo suicida. Exhibía una libertad total, y así fue posible que despreciara las prohibiciones de entrar en Cuba y lograra que nadie se diera por enterado de sus partidas en La Habana, avaladas por Fidel Castro, en 1965. Pero llegó el gran torneo, el momento de ganar a los soviéticos en 1972 y el propio Kissinger, secretario de Estado, le dejó las cosas muy claritas. Occidente jugaba en su persona, frente al comunismo que representaba Spasky. Y ganó, tras muchos incidentes y pejiguerías, pero ganó indiscutiblemente.

Ganó y creyó que podía seguir siendo el mismo, decir las mismas cosas que se le ocurrían y contravenir las normas del imperio que había declarado el boicot a Yugoslavia en 1992. Aseguraban que era por amor, que si la joven jugadora Zita Rajcsani le había convencido. Da lo mismo, él se fue a Montenegro aceptando la revancha de Spasky. Ya no tenía edad para ocultarse y en un gesto de provocador escupió, ante las cámaras de televisión, sobre la prohibición expresa del gobierno de Estados Unidos. Había roto las normas que conceden a las estrellas su estatus de representantes de un mundo. Cuando un imperio te declara la guerra, da lo mismo que sea de Occidente o de Oriente, estás sentenciado. Dijeron de él las cosas más increíbles y las autoridades norteamericanas le pisaron los talones hasta que Islandia, ¡trescientos mil habitantes!, le concedió asilo político; no por nada en Reikiavik había ganado su primacía mundial frente a Spasky.

Hay algo en este Bobby Fischer que me recuerda a Tom Courtenay en La soledad del corredor de fondo. Y me evoca también aquella otra foto, única, porque si bien todo ocurrió ante millones de espectadores que seguían los Juegos Olímpicos de México, sólo un fotógrafo de Life, John Dominis, apareció con la exclusiva. Ocurrió el 16 de octubre de 1968, sobre el césped del gran estadio del Distrito Federal, subían al podio los tres ganadores de los 200 metros; dos negros norteamericanos, Tommie Smith y John Carlos, y un australiano, Peter Norman. Empezó a sonar el himno estadounidense y ante la perplejidad de todo el mundo los dos yanquis, con los pies desnudos, alzaron el puño calzado con un guante negro, como ellos, y bajaron la cabeza mostrando que uno lleva un pañuelo al cuello y el otro una especie de collar que recordaba al mundo lo que era ser negro en Estados Unidos. No habían pasado seis meses del asesinato de Martin Luther King. Fue una imagen inconmovible que no podré olvidar nunca. La temeridad de los que dicen no.

Nadie nos contó lo que siguió luego. El estadio se vino abajo de pitos y abucheos (“¡negros, volveos a África!”). La gente que va al circo no soporta otra cosa que trapecistas o payasos, y este número exigía mucho más. Fueron expulsados inmediatamente de la ciudad olímpica y hasta de México. Tommie Smith, que había conseguido la medalla de oro en los 200, con 19,83 segundos, la gloria de la universidad californiana de San José, tras ser desposeído de la medalla y de todo -su esposa se divorció de él- sobrevivió durante diez años como limpiador de coches (“a tres dólares la hora”). Tuvo más suerte que John Carlos, medalla de bronce; su mujer no pudo soportar la situación y se suicidó. Y queda el australiano. Peter Norman, medalla de plata, se solidarizó con sus dos colegas negros -se puso una camiseta con un lema contra el racismo- y lo tuvo muy difícil en Australia; ni siquiera le permitieron participar en los siguientes Juegos de Munich.

La primera condición para que un icono se mantenga es la sumisión. Ricos y sumisos. Y la gente lo aprueba, porque de otra manera les parecería un ejercicio de soberbia; ser rico y arriesgarlo todo por la osadía de decir que no.

No ambicionaban ni el poder ni la gloria, sino sencillamente ser consecuentes con sus propias creencias. Eso que se llama tener dignidad y no asumir el papel asignado a las estrellas: un poco excéntricas y un mucho payasas.

Tagged with:

Inventar naciones, de Manuel Castells en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 26 enero, 2008

OBSERVATORIO GLOBAL

Por si algo nos faltaba, ahora hay políticos que se ponen a teorizar. Teóricos del calibre de Bono o Aznar (funcionalmente equivalentes en este tema) nos revelan que las naciones son un invento. A la respuesta obvia de “la suya también” (o sea, su indivisible madre patria), Aznar contesta en fundamentalista coherente: la mía no, porque es la verdadera. Así lo entendemos mejor. Hay unas naciones que no son inventos porque son verdaderas y otras de mentirijillas, inventadas para medrar. ¿Y cómo se nota cuál es cuál? Fácil: yo tengo ejército y el artículo 8 de la Constitución y tú no. O sea que, remedando a Mao, la nación está en la punta del fusil. Puestos así, es lógico que alguna gente se enfade y vaya a acabar Dios sabe dónde. Pero siendo civilizados y, aún más importante, prudentes, podríamos examinar algo más seriamente el estado de la cuestión. De la cuestión nacional, como se decía en tiempos preautonómicos.

Porque en tono más sesudo hay muchos intelectuales orgánicos e inorgánicos que comulgan con el bono-aznarismo. Y además todos citan al pobre Benedict Anderson, que no decía eso, porque lo han leído mal y aún han traducido peor el título de su libro Imagined communities: no son imaginarias en inglés, sino imaginadas. Es decir, construidas a partir de imágenes, de narrativas, de metáforas, de signos y significantes. Como toda construcción humana, porque todo es construcción mental realizada con materiales culturales resultantes de compartir historia y geografía. En ese sentido, toda organización social es inventada, o sea, construida culturalmente.

Por tanto, la verdadera cuestión es cómo se construye una forma de organización social y cultural que se autodenomina nación. Si queremos decir que lo que existe son estados naciones y lo demás no son ni estados ni naciones, entonces es fácil. Quien gana en la historia define una frontera, se proclama soberano y se convierte en nación. Pero para eso no necesitamos hablar de nación, basta con hablar de Estado. Y resulta que la historia, incluida la reciente, muestra que no es tan sencillo. ¿O sea, que antes Croacia no era nación y ahora sí lo es? ¿O Yugoslavia era nación y ahora se llama Serbia? ¿Y Finlandia se hizo la sueca antes de hacerse mayor a los acordes de Sibelius? ¿Y qué pasa con Quebec y el constante intento de Canadá de acomodar la binacionalidad del país? ¿Y Escocia, con un gobierno independentista tranquilo que propone un divorcio a la inglesa, sin romper el Estado británico? ¿Y las innumerables naciones que surgen, se funden y se deshacen en un mundo en cambio según como vayan los movimientos sociales y las estrategias geopolíticas? ¿Transmutan su esencia siguiendo la coyuntura? Cualquier observación desapasionada muestra que, en la época moderna, hay naciones, hay estados y distintas formas de relación entre los dos: naciones sin Estado, estados nación, estados multinacionales y estados nación imperiales que integran diversas naciones por la fuerza.

España pertenece a esta última categoría, pero como el imperio duró bastante y las ruinas imperiales mucho más se fue creando una interculturalidad que determina una nación española con elementos de fusión de otras culturas nacionales, así como formaciones nacionales que también están indisolublemente ligadas a componentes de españolidad. El hecho de que estas características nacionales propias persistieran durante siglos a pesar de distintos niveles y formas de represión remite a las raíces de la nación, o sea, al hecho de compartir una cultura, una lengua, un territorio y, sobre todo, una historia. No cualquier colectividad territorial se constituye como nación, porque la identidad colectiva se forma compartiendo materialmente en la práctica cotidiana muchos elementos comunes y distintos de otras colectividades durante un largo periodo. ¿Cuándo se tiende a reafirmar la comunidad nacional, suscitando una identidad de resistencia? En dos situaciones.

Una, la dominación sofocante de una nación sobre otra, por ejemplo de España sobre Catalunya y Euskadi durante el franquismo, sin ir más lejos. Y, segundo, en momentos de inseguridad cultural nacional tanto de unas naciones como de otras . Este es uno de esos momentos, porque tanto el Estado como la sociedad nacional están siendo transformados por el proceso de globalización. El Estado porque pierde control sobre los flujos globales de poder y riqueza y transfiere soberanía a instituciones supranacionales como la Unión Europea. La sociedad nacional porque la inmigración y la globalización de la cultura operan un mestizaje que hace difícil reconocerse como comunidad cultural sin reafirmar cada día los signos de esa comunidad, por ejemplo la lengua. En estos momentos, tanto España como Catalunya, como Euskadi y como Galicia, intentan mantener su identidad colectiva reafirmando culturas, historias y lenguas propias. Y para hacer esto lo más fácil es diferenciarse del vecino inmediato o negar el derecho a la diferencia porque tú mandas en tu casa. Ahí surge la dificultad, porque no hay vuelta atrás en el mestizaje histórico. La realidad española es una realidad plurinacional, pero además crecientemente multicultural. Y el Estado español es un ente global en su proyecto y uninacional en su nostalgia histórica. El problema es que un Estado sólo es estable cuando se construye sobre la realidad de su sociedad, que en el caso de España es plurinacional y multicultural. Con qué fórmulas se llega a esa estabilidad en cada momento, más allá de la coyuntura excepcional de 1978, con una pistola apuntando a la cabeza (el disparo salió desviado en 1981), es importante pero no decisivo. Lo que sí sería decisivo es el empecinamiento en definir España como una, grande y libre, cuando hace muy poco que es libre, hace tiempo que dejó de ser grande y sólo puede ser una en su pluralidad. Ignorar ese hecho fundamental de nuestra realidad es convocar de nuevo al aquelarre de espectros que atormentaron nuestra historia. Porque no está escrito que en el siglo XXI no pueda producirse la restauración del nacionalcatolicismo y sus secuelas tiránicas. Los contextos sólo importan hasta cierto punto. Son las personas las que hacen su propia historia. Y las malas personas también.

Tagged with:

España en armas, de Manuel Hidalgo en El Mundo

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 26 enero, 2008

SABATINA SABATICA

Vamos a ver si, con ocasión del segundo centenario de la llamada Guerra de la Independencia, resulta que no tienen inconveniente en recrearse en la memoria histórica quienes ayer aseguraban que era preciso no ahondar en las vicisitudes de la II República, la Guerra Civil y la Dictadura.

Vamos a ver, también, si esa memoria de 1808-1814, muy útil de desplegar, la reconstruyen esos mismos con arreglo a todo lo que pasó y a sus interesantísimos matices o con arreglo a un imaginario idealizado por la historiografía franquista, que dio por evidente que tal guerra fue poco menos que una segunda y definitiva refundación de la patria y de la nación españolas sobre la base de la unidad y la adhesión a la monarquía católica.

La Guerra de la Independencia fue una gesta heroica, pero no victoriosa. Napoleón salió derrotado -abandonó, más bien, España- por causa de sus frentes abiertos en Europa y, muy especialmente, por su descalabro en Rusia. El Ejército español -salvo victorias aisladas- se comportó desastrosamente debido a las múltiples indigencias que lo corroían y perdió la inmensa mayoría de las batallas a las que acudió. Si no fuera por la interesada ayuda británica, por el hostigamiento de la guerrilla y por la catástrofe de Rusia, las fuerzas imperiales de Napoleón se hubieran hecho con la situación y la monarquía josefina se hubiera consolidado en España como antes, por otra parte, se habían consolidado otras extranjeras.

Habrá que hablar del caos y desunión de las fuerzas españolas; de las fracturas entre el control central y las juntas provinciales y municipales; de las tensiones y peleas entre absolutistas, liberales de Cádiz y afrancesados; de las discordancias entre la nobleza, la burguesía y el ancho pueblo mantenido en la ignorancia; de las escisiones que prefiguran las crisis posteriores -guerras carlistas y repúblicas- sobre la base de un enfrentamiento guerracivilista entre los españoles reaccionarios y los españoles progresistas; de las simas entre los españoles ilustrados -una minoría, entonces- y los españoles abducidos por la Iglesia y la mal disimulada tiranía fernandina; de las peculiaridades de la actitud de Sevilla; de la naturaleza exacta y actuación -incluidos abusos y saqueos- de las míticas guerrillas -tan llenas de hombres de bien como de bandoleros, curas locos, buscavidas y desertores-, y de la real figura -todavía ridiculizada- de José Bonaparte, extranjero sí, pero empeñado sin éxito en reformar y hacer avanzar la mentalidad, la cultura, el sistema administrativo y la organización del Estado…

Habrá que hablar de muchas cosas, y todas muy apasionantes, porque, como digo, prefiguran la evolución posterior de España y señalan tanto líneas troncales de pensamiento -bajo diferentes siglas partidarias- que llegan hasta hoy como, en contra de una idea monolítica, una cierta variedad de registros en tensión -aunque las magnitudes fueran disímiles entonces- que también llegan hasta hoy. Si hay un buen debate y exposición -ojalá-, el asunto promete.

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Falta entusiasmo, de Lucía Méndez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 26 enero, 2008

El diario The New York Times se ha decantado por Hillary Clinton frente a Barack Obama en la apasionante pugna por la candidatura demócrata a la Presidencia de Estados Unidos. No obstante, el periódico reconoce que la elección ha sido difícil porque ambos son presidenciables «muy estimulantes». De Obama dice que es un líder «incandescente» y de Clinton señala que es «brillante» y «solvente», aunque a veces resulte áspera. Obama tiene una «labia muy tentadora» y ha hecho «una campaña apasionante». Pero Hillary tiene experiencia, inteligencia y conocimientos profundos». Todo eso dice el periódico de los dos aspirantes demócratas.

La pregunta es de qué líder político español podríamos decir que es «incandescente, apasionante, brillante, inteligente y estimulante». O quién podría tener esa «labia tentadora» de Obama. Si a alguien se le ocurre un candidato al Congreso o al Senado susceptible de recibir esos adjetivos -o incluso a la mitad de ellos- que levante la mano y lo dé a conocer. Será un diamante. Faltan menos días para las elecciones generales españolas que para las presidenciales americanas. Y por ninguna parte se ve un entusiasmo ni siquiera parecido al que despiertan Clinton y Obama.

Lo más parecido al senador negro de Illinois era el Zapatero de hace cuatro o cinco años, cuando despertó el entusiasmo de los electores de izquierda cansados de las recetas antiguas y deseosos de un político nuevo. Sus trayectorias políticas son parecidas, si bien los discursos de Obama son mucho mejores que los de Zapatero. La Moncloa, o sea el ejercicio del poder, se ha llevado por delante gran parte de aquel entusiasmo. Los charcos en los que se ha metido durante la legislatura -algunos de ellos perfectamente evitables- han ajado aquella imagen novedosa de político fresco y lozano. Así que ahora el PSOE está buscando desesperadamente la fórmula para encandilar a los electores. Sus creativos siguen siendo igual de modernos que siempre. Motivos para creer es el lema de la precampaña copiado de una canción de Bruce Springsteen, Reason To Believe. Dice el estribillo: «Al final de cada día duro, la gente encuentra alguna razón para creer».

El empate infinito de las encuestas de intención de voto no refleja, de momento, que los votantes hayan encontrado al final del día una razón de peso para darle a Zapatero la mayoría absoluta a la que aspira. Habrá que esperar a ver qué se le ocurre para despertar un poco del entusiasmo marchito. Porque los que sí están encandilados son los fieles electores del PP. Encandilados, entusiasmados, incandescentes y estimulados como los seguidores de Obama. Pero no con que gane Rajoy, sino con expulsar a Zapatero del Gobierno.

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Capitalismo de cruzada, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Economía, Política, Religión by reggio on 26 enero, 2008

El sábado pasado señalé la aparición en Europa -sobre todo España, Francia, Italia- de comportamientos propios de lo que ha comenzado a llamarse ya fundamentalismo capitalista, directamente importado de EE UU y de sus neocons, del que parece muy próximo el presidente Sarkozy. Resultado de la fusión del integrismo religioso, que caracteriza hoy la doctrina y las practicas de la mayoría de las iglesias, en particular y por lo que nos concierne de la católica, con las formulaciones más elaboradas de la ideología de la empresa y de su función en el mundo.

Ian Davis, gurú del management empresarial, apoyándose en el concepto de Responsabilidad Social Corporativa (CSR, en inglés) base de la nueva filosofía de los negocios, afirma que el cometido de las grandes empresas, de modo especial las multinacionales, no puede limitarse a producir beneficios y a enriquecer a sus accionistas, sino que tienen que asumir las consecuencias de su compromiso básico con la sociedad. Compromiso derivado de su condición de beneficiarios principales de la comunidad en la que intervienen, lo que nos obliga a completar el paradigma weberiano de la relación entre religión y economía, según el cual el éxito económico es consecuencia a la par que prueba de la predilección divina, para agregarle una voluntad política, un racionalismo mercantil y una fe en la creación de riqueza que son los que aseguran la obtención de beneficios y su capitalización.

Razón por la cual hay que situarlos en el centro de esta nueva formación social, que es quizá la ultima versión de la religión civil americana que nos presentó en los año 70 Robert Belloch ( Beyond Belief. Essays on Religion in a Post-Traditional Society, Harper & Row), en la que funcionan como desencadenantes y argamasa de una fusión entre política, religión y negocio.

Dicha fusión los hace pronto indistinguibles en su funcionamiento conjunto y se traduce en la plena intercambiabilidad de las posiciones y funciones de sus actores mayores. De aquí que sea no solo legitimo sino inevitable que los grandes empresarios sean también los grandes protagonistas de la política, de igual manera que los líderes políticos acceden sin otras pruebas ni méritos a las posiciones cimeras del principal protagonismo económico. Y así hoy Schröder decide en el gigante ruso de la energía Gazprom; Aznar es consejero privilegiado con mando en plaza en el imperio Murdoch; Blair, que se ha revelado de una insaciable capacidad en el acaparamiento de posiciones de poder, es enviado especial para el Oriente Próximo de las cuatro grandes potencias mundiales, a la par que desempeña funciones dominantes, con honorarios millonarios, en el grupo bancario J. P. Morgan; Rato, que ha dejado el FMI para especializarse tal vez por determinaciones familiares en cúspides bancarias, se ha incorporado ya a las del Santander y Grupo Lazard; y, finalmente, en itinerario inverso, Manuel Pizarro, después de su impresionante y vertiginoso autoenriquecimiento en la empresa privada, se ha incorporado al PP y milita como gran adelantado en la falange de cruzados del capital que forman todos ellos.

Frente al frenesí del siempre más y a la voracidad de dinero y poder que les devora y que Sarkozy representa de forma máxima, la Política de Civilización de Edgar Morin, que el presidente francés invoca con obsceno cinismo, es su antónimo paradigmático. Sus principios y propuestas han sido objeto de una larga elaboración que se formula por primera vez en su Introducción a una política del Hombre (Seuil 1965), se desarrolla en Tierra-Patria (Seuil, 1993) y toma forma definitiva en el libro que le lleva por titulo (Arlea, 1997) y del que acaba de reeditarse, en una publicación separada, el primer capítulo (Arlea, 2008).

Donde los cruzados y Sarkozy dicen más y más, Morin retrueca menos y mejor; frente a la cantidad de los primeros, Morin reclama calidad; en lugar de pedir más bien-estar, que con frecuencia acaba en mal-estar, Morin contrapropone bien -vivir como el más seguro compañero de la felicidad. El pensador de la complejidad nos recuerda que en la realidad contemporánea los componentes del bien y del mal se interpenetran y forman una trama interrelacionada en bucle, en la que cada uno de ellos es causa y efecto, productor y producto y en el que la fuerza revolucionaria está ya en la potencia autotransformadora de las sociedades que queríamos cambiar, en forma de contracorrientes y contratendencias.

Opuesto a la hipertecnificación que descalifica a la mayoría y que nos atomiza y separa a todos, propone la creación de nuevos ecoempleos y de trabajos solidarios, de prácticas conviviales que se opongan a la exclusión y a la soledad. La Política de Civilización es una convocatoria general a la resistencia. Desde la alimentación industrializada y la hipermedicalización hasta la destrucción del medio natural, la degradación de ciudades y barrios, y la cretinización mediática. Frente al inventario de gadgets para dopar el crecimiento que Attali acaba de proponerle a Sarkozy, nuestro pensador convoca a la restauración ética de la esperanza.

Tagged with:

Estilos e ideas, de Luis Daniel Izpizua en El País del País Vasco

Posted in Política by reggio on 26 enero, 2008

Decía Daniel Innerarity en una entrevista reciente que cada vez se vota más en función del estilo de liderazgo que se ofrece. El estilo se estaría convirtiendo en algo central, en algo más importante que el contenido. Es esta una conclusión que nos viene al pelo a propósito de lo que presenciamos ya entre nosotros y vamos a seguir presenciando durante la inminente campaña electoral, un enfrentamiento de estilos solapando las diferencias ideológicas que puedan darse entre los candidatos en liza, hasta el extremo de que los mismos programas electorales se elaborarán casi como estilemas que subrayen esa diferenciación de las formas. Lo vimos ya en la campaña electoral francesa del pasado año, convertida en un duelo retórico capaz de desdibujar las líneas ideológicas, y es muy posible que Innerarity al formular su sospecha se esté limitando a constatar lo que le muestran los hechos, sin que con ello nos quiera dar a entender que eso sea además lo deseable.

Es curioso, sin embargo, que poco después Innerarity señale una tendencia que contradice lo anterior, al subrayar que se detecta una cierta recuperación de la función de las ideas en política, del valor de los proyectos. Sé lo que son las entrevistas y cómo fuerzan a pensar por sobresaltos, de manera que nos llevan a desprender cabos sueltos de un hilo cuya coherencia seguramente es más sólida que la que puede reflejar la charla. A Innerarity le gusta hablar de una política postheroica, de una política sin enemigos. Sería bajo esa perspectiva como se enlazarían estilo y proyecto, entendiendo el primero como una forma de liderazgo que fuera cooperativo e integrador, capaz de escuchar y de deliberar con otros, hasta el punto de que llegara a corregir su proyecto de partida. Concebido así, el estilo no sería tanto un elemento sustantivo, capaz de fundamentar la diferencia entre las diversas propuestas, como una disposición o prevención antidogmática. Lo sustantivo se hallaría en el proyecto necesario, sin el cual no habría liderazgo posible, proyecto que encerraría, no obstante, un margen de flexibilidad a la receptividad social, en sentido amplio, que pudiera suscitar. Esta actitud postheroica evitaría las tendencias impositivas y las vocaciones visionarias, de modo que las trincheras de confrontación de la política al uso se convertirían en líneas permeables.

Yo no sé si los proyectos o las ideas agotan, sin embargo, todos los presupuestos en los que se funda la política. Sospecho que los avatares traumáticos de la política vasca habrán tenido algo que ver en la reflexión de Daniel Innerarity y que su apelación al estilo responderá también, aunque no sólo, a la necesidad de alcanzar entre nosotros un acuerdo de convivencia hacia dentro y hacia fuera, necesidad inalcanzable si nos atenemos a los parámetros de la actual época de hierro. No obstante, aunque pueda ser que el estilo sea aplicable a cualquier proyecto o compatible con él, me sigo preguntando si es con un proyecto con lo que topamos cuando las posiciones se hacen irreductibles.

Innerarity habla, por ejemplo, de la oportunidad de sustituir el proyecto de una España plural por el de Estado plurinacional, lo que sería en su opinión más ajustado a la realidad verdadera y corregiría uno de los fallos del desarrollo constitucional español, a saber, el empeño de conseguir al mismo tiempo la descentralización del Estado y la articulación de su plurinacionalidad. Donde él ve un dato, la plurinacionalidad, a partir del cual se puede desarrollar un proyecto u otro, es donde yo veo, por el contrario, el escollo que impide cualquier actitud permeable. Lejos de ser un dato incuestionable, es precisamente la plurinacionalidad la que se constituye en eje de una disputa que no sé denominar de otra forma que ideológica o de creencias. Tal vez sea su puesta en juego la que esté impidiendo cualquier acuerdo o la articulación de proyecto alguno.

Tagged with:
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.