Pulso entre músculo y trinchera, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Desde que José M. Aznar conquistó su mayoría absoluta, está claro que la visión de España con mayor arrastre es la de una nación grandiosa, a la francesa. Tal visión responde a una realidad sociológica que celebra con orgullo el abandono del pozo de la historia en el que España llevaba en remojo desde 1898. Los factores del renacimiento económico español de matriz central son muchos: la modernización iniciada por los tecnócratas del franquismo; la explosión del turismo; la política regeneracionista de los gobiernos democráticos; la estructura radial con que el alto funcionariado planifica las infraestructuras; las ingentes ayudas llegadas de Europa; la inversión del ahorro de muchísimas familias europeas en ladrillo español; y el magnetismo de Madrid: polo de atracción de empresas y capitales internacionales y capital fáctica del sur de Europa.
Esta España ha dado a luz una nueva clase dirigente, que sintetiza lo viejo y lo nuevo. La vieja elite funcionarial que dirigió históricamente el Estado se confunde ahora con los capitalistas que, a la manera rusa, emergieron con la privatización de los grandes monopolios de servicios estatales. El flamante Manuel Pizarro encarna a esta nueva clase dirigente mucho mejor que Rajoy o el descabalgado Gallardón (mejor incluso que el propio Aznar). No es extraño que el tradicional complejo de inferioridad español se haya transformado en un talante gallardo, cuyos modos exuberantes impregnan toda la realidad. Bastarán tres detalles a modo de ejemplo: la arquitectura de Santiago Calatrava, emblema de una nueva grandilocuencia; la soberbia del piloto Alonso; y las deslumbrantes corbatas que la mesocracia ha puesto de moda.
El neoliberalismo es el abrigo ideológico que esta clase dirigente se enfunda. Su apelación al triunfo individual se ha convertido en el banderín de enganche de los sectores más dinámicos, afortunados y satisfechos de la sociedad española. La España que encarnan estos sectores es la del triunfo y la fortaleza, pero también la de cierta nostalgia imperial: con sus bancos y sus grandes empresas de gas, electricidad o telefonía imperando por Hispanoamérica. Y con sus grandes grupos de comunicación, situados a derecha y a izquierda, compitiendo a cara de perro para liderar la conquista del formidable pastel económico de las industrias culturales en lengua castellana (una de las pocas lenguas que, en el simplificado mundo global, consigue expandirse). No es extraño que, conectando con la tradición uniformista de la España cuartelera, pero también con el nacionalismo de corte liberal, estos sectores se propongan terminar de una vez por todas la construcción de una España homogénea en torno al eje de un Madrid capital del sur de Europa y puente de América.
Frente a esta visión tan musculosa de España, no existe visión alternativa. Sólo un conglomerado de resistencias. La de las viejas generaciones que conocieron la pobreza de España y tienen miedo a la desprotección; la del progresismo que resiste como puede al huracán liberal; la del pacifismo y el altermundismo, vitaminados por los errores de George W. Bush; la de la izquierda identitaria, que recupera los mitos republicanos a medida en que se refuerzan los mitos de la España eterna. En el conglomerado resistente no faltan – sin fervor, incluso a regañadientes- todos los que dudan, como don Joan Maragall, entre el “Escucha, España” y el “Adiós, España”. El presidente Zapatero ha intentado aglutinar este conglomerado de resistencias con su pegamento personal. Con resultados no muy convincentes.
Zapatero agita en soledad la bandera de la España plural. La izquierda pensante, fascinada por la posibilidad de construir de una vez por todas una España a la francesa, coincide mucho más con Pizarro que con Duran Lleida. Y lo grita a viva voz: Zapatero ya no tiene a Savater. En realidad, la consciencia de la pluralidad cultural y económica española sólo es percibida en la sociedad catalana. Más que “España plural”, sería pertinente denominarla “España del realismo orteguiano”: un dolor de cabeza que, siendo fatal o inevitable, es mejor no empeorar (como hizo el presidente Aznar) con mayores tensiones.
Si la visión más musculada de España es la del PP, ¿por qué tiene más posibilidades Zapatero de ganar? ¿Por qué, si el presidente no ha conseguido en cuatro años definir con claridad en que consiste su idea de España? Porque las heridas que causó el agresivo desparpajo y la desacomplejada impaciencia de Aznar fueron muy profundas. Y siguen abiertas. Así están las cosas en la España preelectoral: una visión impetuosa y clara intentando destruir las trincheras de una resistencia temerosa. Ninguno de los dos cuenta con suficiente respaldo. El vencido entrará en conflicto interno y perderá un tiempo precioso en labores autodestructivas. Por esta razón puede afirmarse que las próximas elecciones, a pesar del equilibrio actual de los dos bloques, decantarán la hegemonía por un largo tiempo. ¿Vencerá la España que quiere ser Francia, es decir, homogénea, uniforme, territorialmente jerarquizada? ¿O esa otra España que reconoce (y, a trancas y barrancas, intenta conllevar) su alma de rompecabezas complejo y contradictorio?