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Laicos y montaraces en pelea de gallos, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Publicado en Política, Religión by reggio en Enero 14th, 2008

Hoy se duda más que ayer de la transición, pero menos que mañana. Molesta a tirios y troyanos, empeñados, cada uno por su lado, en construir artificialmente nostalgias. Nostalgia de una II República perdedora ayer, y hoy en trance de ganar la revancha de la historia. Y nostalgia de un nacionalcatolicismo que nada tiene que ver con la religión y mucho con la política. Parece imparable este retorno a las nostalgias. La han llamado la segunda transición. La inició Aznar tensando la cuerda hacia la reinterpretación liberal del mito de la España eterna; y lo ha continuado Zapatero, entronizando la razón moral del antifranquismo y la República vencida.

El gallo, como el guerrero, sólo puede vencer destrozando al contrario. Durante la transición, las peleas de gallos ideológicas desaparecieron. Por primera vez en nuestra historia se reconocía al contrario como a un igual. Esto fue posible porque en cada bando se impusieron los moderados. Moderado no es sinónimo de ñoño o tibio. Los veteranos Carrillo y Tarancón estaban hechos de piedra y hierro. Y los Suárez, González, Roca y compañía eran no solamente gatunos y florentinos, sino lectores de Maquiavelo. Mucho antes de que llegara la transición, en los sesenta, el partido comunista había empezado a elaborar el discurso ideológico de la reconciliación, que fue compartido después por todas las fuerzas. En este proceso de reconciliación colaboró una parte importantísima de la Iglesia católica. Avergonzados del nacionalcatolicismo oficial, una verdadera legión de religiosos y creyentes pusieron al servicio de la reconciliación y la libertad sus parroquias y monasterios, todas sus energías. ¿Es necesario recordar lo que representó Montserrat en la Catalunya bajo el franquismo o el padre Llanos en los barrios más humillados de Madrid para aceptar que la Iglesia, de acuerdo con el Vaticano II, fue motor de reconciliación y coautora de la democracia?

Y, sin embargo, apenas estabilizada la democracia, la vieja retórica anticlerical, tan fácil, regresó por sus fueros. El ejemplo más recurrente de esta simplicidad es la crítica obsesiva a la enseñanza concertada. No es tan difícil consultar lo que explican tantos historiadores no cegados por la cebolla ideológica, a saber: que, desde el siglo XIII hasta hoy, las órdenes religiosas educativas (como las hospitalarias) cumplieron una inestimable función de suplencia del impotente Estado.

La renacida pelea de gallos ideológicos cuenta con el inestimable apoyo del episcopado, que, superada la transición, regresó también a posiciones conservadoras. No me refiero al retorno, del brazo del pontífice Wojtyla, a cierto integrismo teológico y litúrgico, que acabó con las alegrías que se produjeron en los veinte años de euforia conciliar. Sino a la progresiva nostalgia del peso terrenal de la Iglesia en España. En efecto, las principales batallas que libra la jerarquía eclesiástica en España desde hace años son fundamentalmente políticas. Defienden la influencia institucional y social: estatus escolar, financiación, asignaturas, una radio tremendista y comercial, legalidad concordataria…

Desde el exterior de la Iglesia no tiene sentido criticarla por comportarse como un lobby. Lo que produce estupor es que, en beneficio de su combate terrenal, agite en vano, instrumentalice, algunas de las más interesantes aportaciones de sus pontífices. En especial aquellas con las que la Iglesia mejor podría interpelar a la sociedad laica. Me refiero, claro, a los peliagudos temas de la eutanasia y el aborto. Los obispos se refieren a ellos, sí, pero como pretexto de confrontación política (tal sucedió quince días atrás en Madrid). Nunca intentando la seducción (es decir: aproximación, diálogo) con sectores laicos.

La moratoria del aborto la ha iniciado en Italia no sólo el Papa Ratzinger sino Giuliano Ferrara, laico, excomunista, hijo de un prócer comunista. Ha llegado el momento, sostiene, de que el mundo laico se plantee también la reflexión ética que sobre el derecho a nacer y el peligro de una visión eugenésica (es decir: nazi) de la vida que subyace bajo formas aparentemente, solo aparentemente, progresistas y liberales. Interpelado por las reflexiones católicas sobre la cuestión, Ferrara cita a Pasolini y a Bobbio, iconos de la izquierda que se opusieron ferozmente al aborto. Y propone un diálogo sobre la vida. Sin prejuicios ni clichés. ¿Le interesa a la Iglesia española abrir o cerrar el círculo de apoyo a la concepción cristiana de la vida? Muchos laicos que se han sentido interpelados por los textos del sabio Ratzinger huyen despavoridos ante el pomposo espectáculo de la plaza Colón. Un acto que contradice el Vaticano II, todavía vigente, que enterró el concepto de “cristiandad”.

Característica de nuestra democracia es el griterío. Progres o montaraces, laicistas e integristas no usan más verbo que el de inquisidor. En este contexto, el que quiere escuchar no puede. Encantados de la vida, los obispos regalaron por Navidad al presidente Zapatero unas llamas ideológicas con que calentar la gélida campaña. Para obligarnos a escoger entre lo malo y lo peor.

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