Reggio’s Weblog

Homenaje a Ruedo Ibérico, de Juan Goytisolo en El País

Publicado en Política by reggio en Noviembre 6th, 2007

El cierre de la Librairie des Éditions Espagnoles marca el fin de una época en que nuestra cultura, asfixiada por el franquismo, sobrevivía gracias a la resistencia intelectual afincada en México, Argentina y París

El exilio cultural español en Francia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a la muerte de Franco no ha sido estudiado aún con el detenimiento y rigor que merece. El cierre reciente de la Librairie des Éditions Espagnoles, veinte y pico años después del de la editorial Ruedo Ibérico, marca simbólicamente el fin de una época en la que nuestra cultura, asfixiada por la censura del Régimen, sobrevivía a duras penas y recibía el oxígeno necesario a su quebrantada salud de las publicaciones de tema político, histórico o literario impresas en México o en París gracias al empeño de quienes, perdida militarmente la guerra en defensa de la República, no se dieron por vencidos y prosiguieron su lucha en el campo de las ideas, con la esperanza de contribuir al futuro establecimiento en España de una sociedad libre y democrática: personas del temple de Antonio Soriano y José Martínez.

Conocí al último durante mi primera estancia en París, en otoño de 1953. Frecuentaba entonces, con otros exiliados de distintas facciones políticas, el Café de Cluny, en la esquina del bulevar Saint-Germain y el bulevar Saint-Michel. Recuerdo a uno de ellos, el típico “carpeto” que parodiaría en Don Julián, enfrascado en la lectura de los discursos del mariscal Bulganin, alguno de cuyos párrafos subrayaba cuidadosamente con lápiz, no sé si para releerlos o memorizarlos. José Martínez se mantenía a prudente distancia de tal devoción y, en razón de mi condición de universitario recién venido de España, se interesó por mi formación intelectual y por mis lecturas.

Desde mi instalación en París a fines de 1956, le vi tan sólo ocasionalmente. La librería de Soriano era entonces el punto de cita de la mayoría de los escritores exiliados y de algunos hispanistas franceses (Tuñón de Lara, Corrales Egea, Claude Couffon, Robert Marrast) con la hornada de los recién llegados de la península por vicisitudes políticas o personales (Vicente Girbau, Roberto Mesa, Francisco Fernández-Santos, Francisco Farreras, Ramón Chao…), y recibía asimismo la visita de figuras del mundo literario y artístico residentes en España (Alfonso Sastre, Ricardo Muñoz Suay, Juan Antonio Bardem…). Los intelectuales aglutinados en torno al 72 Rue de Seine eran en su mayoría miembros o simpatizantes del partido comunista y alejados por consiguiente de las ideas anarcosindicalistas de José Martínez.

La cuarentena impuesta a éste cesó en 1964, con motivo de la exclusión de Claudín y Semprún de la dirección del PCE, escisión en la que me vi envuelto a causa del artículo que publiqué en L’Express, acusado por Carrillo de exponer por pluma ajena las tesis “revisionistas” de mis amigos. Durante mi estancia en Saint Tropez, a raíz de la muerte de la madre de Monique Lange y de su dimisión de la plantilla de Gallimard, me enteré del proyecto innovador de José Martínez -elaborado por Semprún, Girbau, Francisco Farreras y Nicolás Sánchez Albornoz- a través de una carta de Tuñón de Lara en la que me prevenía contra él a causa de su “línea anticomunista”. No hice caso de su advertencia y, de vuelta a París a fines de 1966, visité a José Martínez en sus modestas oficinas del 5 Rue Aubriot, para expresarle mis deseos de colaborar en sus Cuadernos. Alejado como estaba de la lucha política tras la amarga experiencia de 1964, convinimos en que mi participación en la revista se limitaría al ámbito literario. Por dicha razón nunca formé parte del consejo editorial, pero disfruté de entera libertad en la elección de mis colaboradores.

Nadie puede ignorar hoy el papel desempeñado por la editorial y la revista de José Martínez en la creación de un espacio intelectual y político en el que convergieron los autores del exilio y los del interior. Tras la mudanza de la librería Ruedo Ibérico al 6 Rue de Latran, ésta acogió asimismo las obras vetadas por la censura impresas en México. Un repaso a la lista de publicaciones con su sello editorial muestra la amplitud de miras a la hora de crear un fondo imprescindible al conocimiento de la historia contemporánea de España: Brenan, Hugh Thomas, Herbert Southworth, Paul Preston, Stanley Payne y otros autores jóvenes que pronto serían conocidos en la península, como Jesús Ynfante. El diálogo de intelectuales de la solvencia de Semprún, Claudín y el propio José Martínez con voces tan diversas como las de Alfonso Comín, Aranguren, Tomás de Sala y Santos Juliá significó un primer paso en el camino que condujo a la prensa libre de la transición.

Dentro de mi ámbito literario, me esforcé en reunir a los mejores representantes de la generación que vivió la guerra (Max Aub, Bergamín, Vicente Llorens…) y algunas de las plumas más destacadas del campo poético y narrativo del periodo que se extiende de 1966 a la muerte del dictador: José Ángel Valente, Gil de Biedma, Tomás Segovia, Ángel González, José Miguel Ullán; Luis Goytisolo y Juan García Hortelano; Alfonso Sastre y Arrabal. En Cuadernos de Ruedo Ibérico publiqué mi prólogo a la Obra inglesa de Blanco White y un excelente homenaje a “Luis Martín Santos, el fundador”, escrito por el ensayista argentino Juan Carlos Curutchet. Las firmas de José María Castellet, Antonio Saura, Julio Rodríguez Puértolas o Castilla del Pino figuran asimismo en su catálogo.

La librería de Rue de Latran fue, como la de Antonio Soriano, la Meca de un número creciente de compatriotas que acudían a ella para saciar su curiosidad y respirar aire fresco. Allí les recibían Marianne Brüll, la compañera de José Martínez, y el joven Martín Arancibia, actualmente traductor en la Unesco. La atmósfera era siempre cálida y jovial. El atentado que sufrió por parte de un comando franquista no nos desanimó, sino todo lo contrario: reforzó nuestra solidaridad con José Martínez y el núcleo de sus amigos y colaboradores.

La libertad de expresión en España hirió paradójicamente a la editorial que por espacio de casi dos décadas enarboló la bandera de su defensa. La mayoría de sus autores, incluido yo mismo, fuimos absorbidos por los editores barceloneses y madrileños sometidos hasta 1976 al celo de las diferentes máscaras de “consulta”, “voluntaria” o previa, de la censura del Régimen. La inserción de Ruedo Ibérico en la península fue tardía y se asentó en unas bases económicamente frágiles, sacudidas por la presión de la gran industria del libro y su implacable competitividad. Como en el caso de otros políticos e intelectuales que pusieron sus vidas y haciendas al servicio de la democracia, ésta se mostró sumamente ingrata con él. José Martínez sufrió en silencio esta marginación, y su extraordinaria labor pedagógica cayó en el olvido por parte de quienes más se beneficiaron de ella en la época en que el debate de ideas era pura quimera.

En unos momentos en los que la Ley de la Memoria Histórica sobre lo acaecido durante la Guerra Civil y bajo la interminable dictadura del amo de El Pardo es objeto de una oposición sañuda por parte de los retrofranquistas del PP y de una jerarquía episcopal obsesivamente nostálgica de la vieja alianza entre el Trono y el Altar, resulta más necesario que nunca evocar la resistencia intelectual y literaria que, en México, Argentina y Francia, trató de tender un puente sobre la trágica discontinuidad cultural española denunciada en su día, con tanto acierto, por Vicente Llorens. Pues si hubo una transición política, plasmada en el consenso en torno a la Constitución de 1978, la transición cultural, transmutada en intransición en la época de Aznar, no se ha producido aún en el ámbito de la enseñanza ni en el de la Institución Literaria. En 1986, esto es, durante el periodo más innovador del Gobierno de Felipe González, un poeta mediocre, censor por más señas de la obra de Luis Cernuda en España -me refiero a José García Nieto- recibió el Premio Cervantes. El perpetrador de unas líneas repugnantes sobre el autor de La gallina ciega -”Max Aub era un señoruco que ni siquiera era español sino un viajante de comercio suizo”-, estoy hablando de Francisco Umbral, obtuvo años después la misma recompensa. A mayor abundamiento, mientras algunos editores próximos al franquismo ocupan hoy un puesto central en la industria española del libro, una labor generosa, sin ánimo de retribución alguna, como la de José Martínez es ignorada en un país cuyas cifras macroeconómicas van por fortuna a más, pero que del campo de la educación y del conocimiento, va desdichadamente a menos.

Por dicha razón, la exposición itinerante que, con el asesoramiento de Marianne Brüll, llevará a cabo la Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, merece el aplauso de cuantos conocimos a José Martínez y su ingente contribución a paliar los efectos de una discontinuidad cultural que todavía nos afecta.

Juan Goytisolo es escritor.

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Del mal gobierno a la pésima oposición, de Pablo Sebastián en Estrella Digital

Publicado en Política by reggio en Noviembre 6th, 2007

Cuando un Gobierno, como el de Zapatero, se instala en el disparate y la mala gestión cabe imaginar que los ciudadanos le pasen factura en la primera cita electoral. Salvo que el primer partido de la oposición se instale en la mentira contra la verdad y la evidencia, como está ocurriendo en el seno del Partido Popular. Entonces resulta difícil que muchos ciudadanos, que tienen motivos suficientes para estar preocupados por los disparates institucionales de los tres años y medio del Gobierno de Zapatero, decidan favorecer la alternancia en el poder a favor de una oposición que carece de liderazgo, de los dirigentes y del proyecto necesarios para recomponer la cohesión nacional rota —por causa de ambas partes— y ofrecer un horizonte de estabilidad y buen gobierno.No se puede, como ha hecho el PP, aplaudir al presidente Sarkozy y negar toda iniciativa o actuación del presidente Zapatero en la liberación de las azafatas españolas detenidas en la crisis reciente de Chad, cuando ha sido el propio presidente francés quien ha declarado en territorio español que ha estado en permanente contacto con Zapatero para encontrar una solución al conflicto, como por otra parte parece lógico. Como coherente resulta que haya sido el presidente de Francia, país que tiene unas especiales relaciones con Chad, quien ha gestionado la negociación en la que se ha implicado, de manera personal y ello le honra, el primer gobernante galo, con el que, sin lugar a duda, estamos en deuda.

Tampoco se puede admitir la crítica del PP al Gobierno de Zapatero por el viaje del Rey a Ceuta y Melilla, al mismo tiempo que se felicita al Rey, en ese empeño demencial y contradictorio según el cual todo lo que hace este gobierno es condenable, incluso cuando se programa un viaje de los Reyes que el PP, durante los pasados ocho años de los gobiernos de Aznar, no se atrevió a organizar.

Con estas maneras y el convencimiento ad hoc de que los españoles son idiotas el PP no va a ninguna parte y se aleja del amplio y decisivo sector de los españoles que son capaces de discernir por sí solos y que gozan de ese “sentido común” al que tantas veces alude Mariano Rajoy. El líder del PP que ha desaparecido de la escena política —ocupada por Acebes, Zaplana y Aznar— desde el mismo momento en el que lanzó, sobre el estanque de la insidia, la piedra calumniosa y mentirosa de la sentencia incompleta del juicio del 11M, añadiendo que el PP apoyará cualquier otra investigación.

Una auténtica pedrada a la verdad y al sentido común, que deja en la mayor evidencia la presunta sabiduría y serenidad de un Rajoy que no hace mucho se presentaba en Valencia como el hombre tranquilo que España necesitaba para gobernar la nación. Pues sí que nos ha traído Rajoy tranquilidad en los últimos días con este concierto de mentiras, intrigas y descalificaciones que se acabarán volviendo contra ellos.

Las mentiras, ya se verá, tienen las patas muy cortas y los españoles saben, por más que el PP se agarre a la teoría de la conspiración, que Aznar mintió para apoyar la guerra de Iraq, que ello puso a España en el punto de mira del terrorismo islámico, que siendo Acebes ministro de Interior falló a la hora de detener a varios de los implicados en la masacre de Madrid a los que se habían detectado antes de los atentados, como falló su departamento a la hora de cazar a los traficantes asturianos de dinamita. Y a partir de ahí, y una vez ocurrida la masacre, pretendieron hacer creer a los españoles que había sido ETA la autora de los crímenes de las estaciones de Atocha y El Pozo —todavía ayer Acebes se negaba a reconocer, tras la sentencia, que ETA no había participado en el 11M—, para ver si ganaban las elecciones con la gran mentira sobre la muerte de las 192 víctimas del terror islámico y de más de 1.500 heridos. Y por todo esto, que es la verdad irrefutable, el pueblo español los castigó y los derrotó en las urnas.

Y todavía siguen mintiendo sobre Iraq y el 11M, en un intento desesperado por justificar a unos gobernantes mentirosos e irresponsables que siguen al frente del PP y se ven en la necesidad —para permanecer subidos en el “machito” popular— de falsear la sentencia justa y bien elaborada del 11M, con la nueva falacia del autor intelectual, cuya captura, ¡cómo no!, se le escapó al ministro Acebes, quien todavía tiene el descaro de presumir de eficacia policial en ese comunicado sobre la sentencia que Rajoy nunca debió pronunciar.

Y mientras el Gobierno del PSOE viaja perdido y a la deriva en el AVE catalán, bloqueando las vías de cercanías de Barcelona y con problemas en Andalucía, el Tribunal Constitucional sometido a continuas presiones de la Moncloa a ver si así salvan el Estatuto soberanista de Cataluña, mientras Ibarretxe y Mas aumentan su desafío al Gobierno central. Mientras suben los precios, crece el paro y se instala la incertidumbre en el campo de la construcción y del negocio inmobiliario. O mientras en el horizonte se perfila la amenaza permanente de la reaparición de ETA —que a juicio de los expertos ha esperado la sentencia del 11M—, para poner en marcha su terrorismo particular, porque Zapatero, en última instancia, no les otorgó todo aquello que les prometió cuando se empezó a negociar.

Gobierno mal, oposición a juego, crispación en los medios, desconcierto económico y social, ¿quién da más?

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