Reggio’s Weblog

¿La indiscutible Monarquía?, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Política by reggio on 20 octubre, 2007

¿Qué puede estar ocurriendo para que los afanes antimonárquicos se escenifiquen con las llamas purificadoras tan del gusto durante siglos y siglos de lo más arcano de nuestro más recio y rancio reaccionarismo? ¿Están permitiendo los medios de comunicación la discusión sosegada, civilizada y argumentada al respecto? ¿La Monarquía es un asunto tabú en la discusión política, hasta el extremo de que un senador vasco, severamente crítico con ella, se manifiesta al respecto casi siempre en su página de internet, más que en las instituciones parlamentarias y más que en la opinión publicada?

¿De quién se está defendiendo la propia institución monárquica en sus últimos discursos? ¿Acaso de periodistas que no se caracterizaron nunca por su progresismo? ¿También de jóvenes independentistas crispados?

Me llamó mucho la atención una pancarta que hablaba de que en Cataluña no tenían rey. Como si tal cosa fuese una cuestión puramente territorial. ¿No puede haber republicanos fuera de las llamadas «nacionalidades históricas»? Se puede constatar que sí.

Si la nación es, según la celebre sentencia de Renan, una especie de refrendo cotidiano, ¿tanto les cuesta a los paladines de lo políticamente correcto caer en la cuenta de que, sin entrar en otras consideraciones, cosa que podría hacerse, el papel del actual Monarca durante el 23-F no garantiza para siempre jamás del mundo la aceptación de ese marco político?

Cierto es que la democracia, manifiestamente mejorable, que tenemos arranca con la actual Monarquía. Tal cosa es insultantemente obvia. ¿Pero eso quiere decir que no hay otra forma posible de democracia, aún más profunda y plena?

Si, de otro lado, se acepta, soslayando la discusión, oceánica bibliográficamente, que las dos experiencias republicanas resultaron fallidas, ¿acaso se puede negar que hubo reinados nefastos al menos desde Carlos IV en adelante? ¿Lo que vale para negar la viabilidad de una futura República es inservible para plantear lo mismo con respecto a la Monarquía? Débil argumentario esgrimimos, señores míos. Por lo demás, siguiendo con lo incendiario, lo que hay al propósito son cortinas de humo. Tiene bemoles que un periodista como don Luis Herrero, al que no se le conocen veleidades izquierdistas, publique un libro cuyo título es una parodia de un conocido volumen que en su momento firmó Josefina Carabias hablando de Azaña: «Los que le llamábamos don Manuel». Tan lejos está don Luis de Josefina Carabias como el señor Suárez de don Manuel Azaña. En el mismo orden de cosas, que el radiofonista de la emisora episcopal le envíe andanadas al actual Monarca parece un episodio propio de eso que se conoce como el mundo al revés. Tanto como que Zapatero, republicano confeso, sea tan entusiasta con la Monarquía. Pablo Iglesias estaría encantado con que su partido evolucionase de esta guisa.

Y lo cierto es que, por mucho que quiera obviarse, los hechos demuestran que la Monarquía nunca estuvo tan discutida como ahora, al menos desde el año 78 a esta parte, les guste o no a los partidos mayoritarios y a los principales medios de comunicación.

Y, por lo demás, las cortinas de humo de las que venimos hablando no son más que la inevitable consecuencia de una discusión que se quiere soslayar, de un debate que se quiere posponer indefinidamente.

No es éste un país que tenga la Monarquía tan asentada como en otras latitudes. Y aquel debate que no se consideró oportuno tener en la tan santificada transición llama a la puerta de los foros de discusión de una sociedad que se dice libre y democrática.

Y a eso no se le puede cerrar el paso. Y cuanto más se prorrogue, mayores y más hediondas serán las cortinas de humo. Son cosas de democracia.

Fría, lejana, inaccesible UE, de Javier Ortiz en su Weblog y en Público

Posted in Política by reggio on 20 octubre, 2007

Fría, lejana, inaccesible UE

Dos circunstancias relacionadas con la Cumbre de Lisboa me han llamado muy en particular la atención.

La primera: que se congregara en la zona de la Expo, donde se reunían los presidentes y jefes de Gobierno, la manifestación de protesta más concurrida que ha vivido Lisboa en las últimas dos décadas. El contraste era tan escandaloso que cualquier comentario resultaba innecesario: de un lado, los mandamases de los Veintisiete, sonrientes, encantados de lo bien que les va todo cuando se ponen de acuerdo; del otro, la muchedumbre de trabajadores portugueses, hartos de los muchos males que les aquejan y de lo poco que hace la UE por solucionárselos.

La segunda circunstancia para mí especialmente llamativa: cuentan las crónicas que los jefes máximos de los Veintisiete mostraron su honda preocupación ante la posibilidad de que el premier británico, Gordon Brown, se vea forzado a convocar un referéndum que le permita ratificar o le obligue a rechazar el nuevo Tratado. La preocupación viene dada porque todos ellos creen muy probable que la población británica votara mayoritariamente en contra. Brown tuvo el detalle, tranquilizador para sus colegas, de asegurar que esa consulta no se realizará, es decir, que se prepara para obrar prescindiendo de los deseos mayoritarios de su pueblo.

La actitud de Brown puede parecer particularmente cínica, y cínica sí que lo es, pero no particularmente. Sus homólogos continentales tienen tan pocos deseos de someter el asunto a votación popular como él mismo. Para evitar ese peligro, han recurrido a diversas argucias jurídicas que permitirán a algunos Gobiernos vadear los imperativos constitucionales que tantos problemas les causaron cuando quisieron sacar adelante la abortada Constitución Europea.

No parece nada exagerado afirmar, a la vista de cómo están las cosas, que los gobernantes europeos tienen miedo de sus propios pueblos.

Es una situación que se han ganado a pulso, conformando unas estructuras de poder que la ciudadanía del Viejo Continente percibe como frías, lejanas e inaccesibles. Una percepción bastante razonable porque, en muy buena medida, son exactamente así.

[Aparecido en Público el 20/X/2007, en la sección El dedo en la llaga]

Coda

Me preguntan cómo pude escribir ayer lo que escribí sobre el suplemento Babelia, de El País, y sobre su ex responsable, habiendo estado yo tantos años trabajando para El Mundo.

No es que el asunto sea apasionante pero, como no es la primera vez que me lo sacan a relucir y tampoco quisiera dar la callada por respuesta, contesto. Brevemente y por puntos.

1º) En el mismo momento en el que Aznar ganó las elecciones, comuniqué al director de El Mundo mi deseo de abandonar la jefatura de la sección de Opinión y ser destinado a otros cometidos. Más que nada, porque me veía venir la que luego vino. Me pidieron que esperara algún tiempo, para preparar un relevo adecuado. Lo acepté, pero solicitando que se me permitiera no escribir aquellos editoriales cuyas tesis me suscitaran un mayor desacuerdo, a lo que la dirección accedió.

2º) Pese a ello, y aunque figurara en el staff del periódico como subdirector y responsable de la Sección de Opinión, dediqué muchas –muchísimas– de mis dos columnas semanales a refutar las ideas más características de la línea editorial cada vez más pro-PP exhibida por el periódico. Seguí haciéndolo de manera sistemática hasta que, ya harto de que la Dirección no me asignara otras funciones, pedí una excedencia y abandoné la Redacción, aunque seguí escribiendo mis columnas. Al acabar la excedencia, negocié mi abandono definitivo de la plantilla del diario, quedando ya como mero colaborador externo.

3º) La Dirección de El Mundo nunca me presionó para que callara o dulcificara mis opiniones políticas. En los 18 años que ejercí de columnista para ese periódico –unas 2.000 columnas, en total–, sólo me objetó el contenido de una, que no se refería a ningún político, sino a un banquero. (Ahora que ya no trabajo allí puedo reconocer que, además, aquel incidente fue en buena medida culpa mía. Quizá alguna vez lo explique.)

En conjunto, y por resumir: lo mío no tiene comparación posible con lo de la ex responsable de Babelia, que jamás ha manifestado públicamente divergencia alguna con la línea de El País y que ha aguantado en ese periódico hasta que la han despedido.

La cuestión no es que ella y yo no nos parezcamos. Cualquiera sabe; quizá sí. La cuestión es que en El País impera un monolitismo político-ideológico del copón de la baraja. Sólo los que dibujan (El Roto y Máximo, sobre todo) osan de vez en cuando salirse de la fila. En El Mundo también se las traen, pero siempre ha sido algo más caótico (cosa nada difícil, todo sea dicho).

No insistiré ni en la utilización que ellos hacían de mi disidencia ni en el beneficio que yo obtenía de que les viniera bien tener algún hereje perdido entre tanto acólito. De eso ya he escrito en anteriores ocasiones y no vale la pena insistir más: saltaba a la vista.

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